No sé que tienen la
luz roja de los semáforos que a todos hipnotiza. Es como el psicólogo en su diván,
intentando arreglar la vida de los demás aunque la suya propia sea un desastre.
El punto es que el rojo del semáforo tiene la capacidad de sacar las filias y
las fobias de los que frente a él se detienen.
De repente estoy
frente a uno de ellos y me descubro rascando la nariz, en busca del tesoro
perdido que me permita respirar libremente y sobre todo, me permita pasar el
tiempo mientras la luz roja parece que me sigue interrogando; por encima de los
dos carros que están delante de mí, veo naranjas verdes surcando los cielos,
son las del malabarista que improvisa trucos en busca del peso que alivie el
hambre; luego mi dedo índice en un “no” rotundo hace su aparición y se enfrenta
a los limpiadores de vidrios, estos otros parecen equilibristas que convierten
los cofres de los coches en pistas de trapecio y los brazos de los cepillos de
los limpia brisas en agarraderas invencibles que evitan la caída.
Luego el traga
fuegos. Escupe lumbre, se parece al dragón del cuento de hadas que el caballero
en brioso corcel, siempre intentó vencer y así quedarse con la princesa de la
boca de fresa. Finalmente están los vendedores de recuerdos: la niña que por
diez pesos, te da la rosa sin espinas y en seguida de ella, la doñita que te
ofrece la alcancía de yeso a medio pintar. Es la luz roja del semáforo, que activa
cientos de emociones y un tanto más de acciones. Pero volvamos a la realidad.
Miro a mi derecha y
una pareja parece estar en terapia grupal y como testigo, el semáforo en rojo,
atento, sin siquiera parpadear, diagnostica sin remedio un mal de amores, que
más bien es un mal de celos.
El retrovisor me
indica otro acto escabroso y temerario: es la señorita que lleva prisa, los 5
minutos más que siempre se le piden al despertador la traicionaron; después de
la siesta el tiempo hizo de las suyas y ella en sus laureles se durmió, no tuvo
tiempo de retocar sus ojos, tampoco de embellecer sus labios y mucho menos de
chapear las mejillas, por lo tanto, mientras la luz roja detiene el mundo, ella
termina de resanar imperfecciones.
Por su parte, el
conductor del carro delantero, convierte los dos metros cúbicos de espacio que
hay entre el tablero y el asiento del copiloto, en una sala de terapia de
manicomio. Se ve que da indicaciones precisas pues manotea y eso lo hace parecer un loco que platica con
personajes inexistentes, mientras tanto el semáforo con su ojo rojo se parece
al Gran Hermano, pues no deja de vigilar.
Y allí estamos
todos, con filias y fobias, enfrentando nuestras manías y aprovechando los
segundos del rojo semáforo. El rojo que detiene el mundo por un instante y que es interrumpido por la soledad del verde, porque el verde le pide a unos que regresen a sus lugares y a otros que avancen. La esquina se ha quedado sola, el rojo tendrá que esperar un turno más. Es el rojo que detiene el mundo y que diagnostica las filias y las fobias de aquellos que lo ven de frente.
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