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miércoles, 28 de agosto de 2013

Es el rojo que hipnotiza

No sé que tienen la luz roja de los semáforos que a todos hipnotiza. Es como el psicólogo en su diván, intentando arreglar la vida de los demás aunque la suya propia sea un desastre. El punto es que el rojo del semáforo tiene la capacidad de sacar las filias y las fobias de los que frente a él se detienen.

De repente estoy frente a uno de ellos y me descubro rascando la nariz, en busca del tesoro perdido que me permita respirar libremente y sobre todo, me permita pasar el tiempo mientras la luz roja parece que me sigue interrogando; por encima de los dos carros que están delante de mí, veo naranjas verdes surcando los cielos, son las del malabarista que improvisa trucos en busca del peso que alivie el hambre; luego mi dedo índice en un “no” rotundo hace su aparición y se enfrenta a los limpiadores de vidrios, estos otros parecen equilibristas que convierten los cofres de los coches en pistas de trapecio y los brazos de los cepillos de los limpia brisas en agarraderas invencibles que evitan la caída.

Luego el traga fuegos. Escupe lumbre, se parece al dragón del cuento de hadas que el caballero en brioso corcel, siempre intentó vencer y así quedarse con la princesa de la boca de fresa. Finalmente están los vendedores de recuerdos: la niña que por diez pesos, te da la rosa sin espinas y en seguida de ella, la doñita que te ofrece la alcancía de yeso a medio pintar. Es la luz roja del semáforo, que activa cientos de emociones y un tanto más de acciones. Pero volvamos a la realidad.

Miro a mi derecha y una pareja parece estar en terapia grupal y como testigo, el semáforo en rojo, atento, sin siquiera parpadear, diagnostica sin remedio un mal de amores, que más bien es un mal de celos.

El retrovisor me indica otro acto escabroso y temerario: es la señorita que lleva prisa, los 5 minutos más que siempre se le piden al despertador la traicionaron; después de la siesta el tiempo hizo de las suyas y ella en sus laureles se durmió, no tuvo tiempo de retocar sus ojos, tampoco de embellecer sus labios y mucho menos de chapear las mejillas, por lo tanto, mientras la luz roja detiene el mundo, ella termina de resanar imperfecciones.

Por su parte, el conductor del carro delantero, convierte los dos metros cúbicos de espacio que hay entre el tablero y el asiento del copiloto, en una sala de terapia de manicomio. Se ve que da indicaciones precisas pues manotea  y eso lo hace parecer un loco que platica con personajes inexistentes, mientras tanto el semáforo con su ojo rojo se parece al Gran Hermano, pues no deja de vigilar.


Y allí estamos todos, con filias y fobias, enfrentando nuestras manías y aprovechando los segundos del rojo semáforo. El rojo que detiene el mundo por un instante y que es interrumpido por la soledad del verde, porque el verde le pide a unos que regresen a sus lugares y a otros que avancen. La esquina se ha quedado sola, el rojo tendrá que esperar un turno más. Es el rojo que detiene el mundo y que diagnostica las filias y las fobias de aquellos que lo ven de frente.

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