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miércoles, 7 de agosto de 2013

Menuda forma de iniciar un día.

Son las 4:45 de la mañana, el despertador ha sonado y mi mente tiene una lucha intensa contra mi voluntad y mi cuerpo queda atrapado en un fuego cruzado de esos que ahora llaman fuego amigo. En el otro cuarto, los tenis aguardan impacientemente el momento de ser usados y puestos a trabajar para aquello que fueron diseñados: correr. Las calcetas cortas de algodón permanecen inmóviles e indiferentes. El short hace caso omiso, la playera está doblada.

Y de manera casi instintiva, como cuando reaccionas quitando la mano rápidamente de cualquier superficie caliente para evitar quemarte o como cuando cierras los ojos ante un objeto que viene hacía ti, decido levantarme y poner en funcionamiento corazón y pulmones.

Me pongo el short, me cambio de playera, tomo las calcetas y calzo los tenis, busco mi chaqueta deportiva limpia en la ropa sucia mientras tanto una vocecita intenta hacerme caer y regresar a la aún tibia cama que he dejado unos minutos atrás. Pero mente, corazón, voluntad y cuerpo, ya están alineados, sintonizados, listos y dispuestos para salir al encuentro de esa noche matutina que pocos solemos entender.

De repente allí estoy, tomando agua para hidratarme y paladeando una dulce y energetizante cucharada de miel. Hago ejercicios de estiramiento para evitar al máximo cualquier lesión, derecha-izquierda, cuento del uno al cinco para sostener primero la pierna izquierda, luego la derecha y cambio de posición; así se completan en total más de cinco minutos.

Abro cuidadosamente la puerta para no despertar a las bellas durmientes, bajo las escaleras del departamento, abro la otra puerta y allí está la calle: pista interminable de largos caminos y enredadas avenidas que incluye obstáculos de banquetas, hoyos, topes y baches. Camino para lubricar articulaciones, avanzo tres cuadras y a trotar se ha dicho. Pero correr sin mi mejor amigo, mi perro Luka, es como traicionar a la patria o serle infiel a mi esposa, por lo tanto hago una escala en casa de mis papás y Luka aguarda impaciente mi llegada, parece que es capaz de oler mi presencia desde que salgo del departamento.

Con correa en mano, nos lanzamos a la conquista de las calles y de las últimas horas obscuras de la mañana. Son las 5:00 y el sol aún no hace su aparición. En el camino, nos encontramos gente que como nosotros, decidió empezar el día de manera diferente, y mientras unos duermen otros soñamos con alcanzar la gloria.

Avanzamos, uno, dos, tres, cuatro, y quién sabe cuántos kilómetros más, llega un momento en la vida del corredor amateur que correr ya no se mide en kilómetros o minutos, correr se convierte en un estilo de vida que va más allá del tiempo y la distancia. 

Terminamos nuestro recorrido, Luka ya está en casa descansando y mientras tanto yo, me preparo mentalmente para un segundo encuentro, el baño con agua helada, el cual se convierte en un reconstructor de tejidos que regresa los músculos a su lugar, hace que la piel se tense; evita resequedad y sobre todo te hace ahorrar agua, mucha agua, bastante. Vaya, excelente forma de iniciar esta mitad de semana. Feliz miércoles.

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