Son las 4:45 de la mañana, el despertador ha
sonado y mi mente tiene una lucha intensa contra mi voluntad y mi cuerpo queda
atrapado en un fuego cruzado de esos que ahora llaman fuego amigo. En el otro
cuarto, los tenis aguardan impacientemente el momento de ser usados y puestos a
trabajar para aquello que fueron diseñados: correr. Las calcetas cortas de
algodón permanecen inmóviles e indiferentes. El short hace caso omiso, la
playera está doblada.
Y de manera casi instintiva, como cuando reaccionas
quitando la mano rápidamente de cualquier superficie caliente para evitar quemarte o como cuando cierras los ojos
ante un objeto que viene hacía ti, decido levantarme y poner en funcionamiento
corazón y pulmones.
Me pongo el short, me cambio de playera, tomo
las calcetas y calzo los tenis, busco mi chaqueta deportiva limpia en la ropa
sucia mientras tanto una vocecita intenta hacerme caer y regresar a la aún tibia
cama que he dejado unos minutos atrás. Pero mente, corazón, voluntad y cuerpo,
ya están alineados, sintonizados, listos y dispuestos para salir al encuentro
de esa noche matutina que pocos solemos entender.
De repente allí estoy, tomando agua para
hidratarme y paladeando una dulce y energetizante cucharada de miel. Hago ejercicios
de estiramiento para evitar al máximo cualquier lesión, derecha-izquierda,
cuento del uno al cinco para sostener primero la pierna izquierda, luego la
derecha y cambio de posición; así se completan en total más de cinco minutos.
Abro cuidadosamente la puerta para no
despertar a las bellas durmientes, bajo las escaleras del departamento, abro la
otra puerta y allí está la calle: pista interminable de largos caminos y
enredadas avenidas que incluye obstáculos de banquetas, hoyos, topes y baches. Camino
para lubricar articulaciones, avanzo tres cuadras y a trotar se ha dicho. Pero
correr sin mi mejor amigo, mi perro Luka, es como traicionar a la patria o
serle infiel a mi esposa, por lo tanto hago una escala en casa de mis papás y
Luka aguarda impaciente mi llegada, parece que es capaz de oler mi presencia desde
que salgo del departamento.
Con correa en mano, nos lanzamos a la
conquista de las calles y de las últimas horas obscuras de la mañana. Son las 5:00 y el sol aún no hace su aparición. En el camino, nos encontramos gente que
como nosotros, decidió empezar el día de manera diferente, y mientras
unos duermen otros soñamos con alcanzar la gloria.
Avanzamos, uno, dos, tres, cuatro, y quién
sabe cuántos kilómetros más, llega un momento en la vida del corredor amateur
que correr ya no se mide en kilómetros o minutos, correr se convierte en un
estilo de vida que va más allá del tiempo y la distancia.
Terminamos nuestro
recorrido, Luka ya está en casa descansando y mientras tanto yo, me preparo
mentalmente para un segundo encuentro, el baño con agua helada, el cual se convierte en un
reconstructor de tejidos que regresa los músculos a su lugar, hace que la piel
se tense; evita resequedad y sobre todo te hace ahorrar agua, mucha agua,
bastante. Vaya, excelente forma de iniciar esta mitad de semana. Feliz miércoles.
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