Te voy a contar mi
propia versión de la Calle Neón:
La Calle Neón, debe
su nombre a la particular iluminación que hacen de esta calle un arcoíris de pasiones
multiformes capaces de sanar corazones rotos, afligidos, depresivos,
abandonados o simplemente corazones que buscan amor pasajero. Ese amor que dura
menos de una noche y que es tan efímero como una estrella fugaz en plena
madrugada de verano. O que dura tanto como el tamaño del billete que Coppel, Elektra
y la Caja Popular, hayan dejado en la
quincena.
Así, toda ciudad tiene calles y callejones,
pasadizos secretos, calles caracol, grandes avenidas, calles sucias, calles que
se inundan, calles históricas, calles cerradas, calles arboladas o desoladas y
cada tipo de calle tiene una o varias funciones, las cuales dependen del día e
incluso de la hora.
Dicen que algunas calles del centro histórico,
los domingos por la mañana se convierten en veredas para el peatón y en
ciclovías para el que gusta de andar en bici; en algunos barrios, las calles se
cierran durante varios días esperando al pariente que viene de Estados Unidos, para
velar al muertito que yace frío y pálido en una caja de madera.
En otros lugares las calles se cierran para
celebrar el cumpleaños número dos de Juanito o la presentación de los tres años
de Marianita, las mesas prestadas de La Corona se ponen a media calle aunque el
viento haga que los desechables vuelen y rueden por toda la calle, sin faltar
el brincolín que está a un costado del toldo que algún familiar consiguió.
Otras calles se apagan y se convierten en el
escondite perfecto de los amantes furtivos que buscan un hotel improvisado o un
lugar obscuro donde tener un encuentro más cercano… Y así, cada calle tiene su
personalidad, su propia identidad, su propia alma y la Calle Neón, no es la
excepción.
La calle Neón, es fielmente vigilada por la mirada
petrificada de Benito Juárez que mira el horizonte en espera de viajeros y que en las noches (especialmente las de los jueves, viernes y sábados), se
convierte en testigo mudo de todo tipo de eventos y de encuentros. El menú de
lugares y de opciones es tan variado como los colores del arcoíris. Hay para
todos los gustos y para todos los presupuestos y cada corazón, dependiendo de
su estado de ánimo, encuentra el refugio perfecto para sanar sus heridas, abrir
otras, encender velitas, apagar velitas, desfogar pasiones reprimidas o
simplemente, darle rienda suelta a esas fantasías eróticas que todos tienen,
pocos entienden y nadie acepta.
Así es mi propia versión de la Calle Neón. Un lugar
poblado de castillos y de bellas doncellas, donde los caballeros sin corcel
deambulan como almas en pena, buscando la aventura alentadora, que las haga
revivir.
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