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miércoles, 1 de octubre de 2014

Parecemos fantasmas.

Parecemos fantasmas que habitan el castillo encantado de la Princesa Hermosa y del Caballero Feliz.

Muchas madrugadas te encuentro en el pasillo vagando, a veces vas y a veces vienes, me imagino que existes porque al despertar te recuerdo como un vago sueño y no importa si en la madrugada nuestros hombros se tocaron, porque como almas en pena, traspasamos nuestros cuerpos; esa propiedad de no ser materia, se la debemos al sueño que nos hace deambular.

Arrastramos las pantunflas, pesadas cadenas que lloran al tocar el suelo; cargamos una pijama: pesada losa llevada a hombros que detiene nuestro paso. Trasladamos biberones que son como lastres que frenan nuestro andar; prendemos luces, que ciegan nuestra vista ante el brillante resplandor. Abrimos puertas que al rechinar, rompen el silencio de aquella tranquilidad.

En ese momento, cualquier instante se vuelve eternidad, los minutos que demora la preparación de tu biberón parecen  largas horas que se complementan con el llanto desesperado del Caballero Feliz, que reclama alimento a deshoras de la noche; mientras en la habitación principal, la Princesa Hermosa grita en sueños y pelea con dragones que viven en su mente, parece tener pesadillas que ni siquiera nuestra presencia pueden calmar.

Biberón listo, pesadillas aplacadas, luces apagadas… después de una breve eternidad, el Castillo vuelve al bello silencio de la obscura y fría noche. Las cadenas callan, los lastres se van, las puertas se cierran, todos volvemos a descansar.

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