Buscar este blog

lunes, 24 de marzo de 2014

¿En qué momento nos hicimos cuatro?

Y en eso estábamos cuando nos convertimos en cuatro. Sin querer queriendo, nos hemos hecho cuatro, nos hemos multiplicado, nos hemos maximizado, nos hemos comprometido, nos hemos sumado. A veces la casa es un campo de batalla y los muebles blancos que compraste duran menos tiempo limpios, pensamos incluso en retapizar tu sala. Los asientos de las sillas del comedor que hacen juego con la sala, también requieren una retapizada, el color blanco definitivamente no nos favorece.

Las paredes del departamento estilo Nueva York cada día presentan más grafitis, parece que el vandalismo familiar y la adquisición de más conocimientos hacen de cualquier pluma o lápiz el spray ideal para marcar los barrios, de los que destacan el baño, el cuarto grande, la sala, los libros, el asiento del carro o cualquier objeto o superficie que presente una oportunidad de demostrar los dotes artísticos.

Es la media noche después de un día común, finalmente nos quedamos solos. Tú y yo en el comedor comentamos nuestros éxitos, nuestros fracasos, nuestras frustraciones y nuestros logros; nos deseamos un te quiero y a veces nos decimos “te extraño”. Reímos, cenamos pero esa tranquilidad nocturna se rompe por un llanto despavorido que proviene de tu cuarto, es él que reclama alimento o un simple abrazo… te veo y con mi mirada te digo “es tu turno”. Así que vas y atiendes tan apremiante petición, es él que tiene tus brazos, tu aliento y tu calor, curiosamente saberlo me da tranquilidad y no celos.

Comprendo porqué nos quedamos con las dos camas: en una duermes tú con él, en otra duermo yo con ella. Ambos requieren más espacio pues ella se mueve como larva de zancudo en el agua y va de un lado para otro; él con su fragilidad, requiere cuidados precisos ya que un manotazo o la misma almohada pueden ocasionar un accidente de consecuencias no deseadas.

Todo vuelve a una tranquilidad. Retomamos nuestra plática nos volvemos a ver y esto parece la primer cita, siento que desde mucho tiempo no veía tu rostro, a ratos me siento nervioso, son nervios de tenerte cerca nuevamente de volver a estar solos y cuando me animo a tomar tu mano un grito atraviesa mi habitación, llega al pasillo que conduce al comedor y rompe nuestro encuentro de amor y consecuentemente nuestra a tranquilidad nocturna; me miras, ríes tímidamente y en tu silencio entiendo que me dices “es tu turno”. Voy y me acuesto a su lado, atiendo sus llantos y espanto los monstruos de sus pesadillas para que todo vuelva a la tranquilidad, tolero sus berrinches sonámbulos, esquivo sus patadas y respeto el espacio que reclama.


Regreso a nuestra mesa de café pero la encuentro sola. Tu silla fría, tu taza vacía, ya no estás, te has ido sin decir adiós, seguramente él reclamó tus brazos y pronta atendiste su llanto. Entiendo la situación, apago las luces y me voy a mi habitación. Antes paso a despedirme, estás tendida amamantando a Sabastián nuestro pequeño bebé de apenas 2 meses, te digo buenas noches pero es demasiado tarde porque el sueño te venció. Camino a mi habitación, entro y allí está ella esperando mi compañía, es Luisa Valentina, nuestra pequeña de apenas 2 años y medio. Me recuesto a su lado, es hora dormir y pienso “en qué momento nos hicimos cuatro”.

No hay comentarios:

Publicar un comentario