Y en eso estábamos cuando nos convertimos en
cuatro. Sin querer queriendo, nos hemos hecho cuatro, nos hemos multiplicado,
nos hemos maximizado, nos hemos comprometido, nos hemos sumado. A veces la casa
es un campo de batalla y los muebles blancos que compraste duran menos tiempo
limpios, pensamos incluso en retapizar tu sala. Los asientos de las sillas del
comedor que hacen juego con la sala, también requieren una retapizada, el color
blanco definitivamente no nos favorece.
Las paredes del departamento estilo Nueva York
cada día presentan más grafitis, parece que el vandalismo familiar y la
adquisición de más conocimientos hacen de cualquier pluma o lápiz el spray
ideal para marcar los barrios, de los que destacan el baño, el cuarto grande,
la sala, los libros, el asiento del carro o cualquier
objeto o superficie que presente una oportunidad de demostrar los dotes
artísticos.
Es la media noche después de un día común, finalmente
nos quedamos solos. Tú y yo en el comedor comentamos nuestros éxitos, nuestros
fracasos, nuestras frustraciones y nuestros logros; nos deseamos un te quiero y
a veces nos decimos “te extraño”. Reímos, cenamos pero esa tranquilidad
nocturna se rompe por un llanto despavorido que proviene de tu cuarto, es él
que reclama alimento o un simple abrazo… te veo y con mi mirada te digo “es tu
turno”. Así que vas y atiendes tan apremiante petición, es él que tiene tus
brazos, tu aliento y tu calor, curiosamente saberlo me da tranquilidad y no celos.
Comprendo porqué nos quedamos con las dos
camas: en una duermes tú con él, en otra duermo yo con ella. Ambos requieren
más espacio pues ella se mueve como larva de zancudo en el agua y va de un lado
para otro; él con su fragilidad, requiere cuidados precisos ya que un manotazo
o la misma almohada pueden ocasionar un accidente de consecuencias no deseadas.
Todo vuelve a una
tranquilidad. Retomamos nuestra plática nos volvemos a ver y esto parece la
primer cita, siento que desde mucho tiempo no veía tu rostro, a ratos me siento
nervioso, son nervios de tenerte cerca nuevamente de volver a estar solos y cuando me
animo a tomar tu mano un grito atraviesa mi habitación, llega al pasillo que
conduce al comedor y rompe nuestro encuentro de amor y consecuentemente nuestra
a tranquilidad nocturna; me miras, ríes tímidamente y en tu silencio entiendo
que me dices “es tu turno”. Voy y me acuesto a su lado, atiendo sus llantos y
espanto los monstruos de sus pesadillas para que todo vuelva a la tranquilidad,
tolero sus berrinches sonámbulos, esquivo sus patadas y respeto el espacio que
reclama.
Regreso a nuestra
mesa de café pero la encuentro sola. Tu silla fría, tu taza vacía, ya no estás,
te has ido sin decir adiós, seguramente él reclamó tus brazos y pronta
atendiste su llanto. Entiendo la situación, apago las luces y me voy a mi
habitación. Antes paso a despedirme, estás tendida amamantando a Sabastián
nuestro pequeño bebé de apenas 2 meses, te digo buenas noches pero es demasiado
tarde porque el sueño te venció. Camino a mi habitación, entro y allí está ella
esperando mi compañía, es Luisa Valentina, nuestra pequeña de apenas 2 años y
medio. Me recuesto a su lado, es hora dormir y pienso “en qué momento nos
hicimos cuatro”.
No hay comentarios:
Publicar un comentario