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miércoles, 11 de diciembre de 2013

Yo no sé por qué te gusta el norte.

Yo no sé por qué te gusta el norte, el desolado norte donde solo habitan nuestros pies. Siempre que puedes te inclinas, giras, gambeteas y apuntas al norte. Allá se encuentra el abismo, un precipicio que forman la base y el colchón; caerás ochenta centímetros, pero esos ochenta centímetros son para ti, lo que para mí son dos metros y medio.

Tienes precisión, te detienes antes de dar el paso definitivo, justamente en el borde haces alto y si acaso, solamente tu cabeza cuelga. Nos levantamos por instinto y corremos por ti, intentamos detenerte y lo logramos, entre gritos, llantos, berrinches y manoteos,  te traemos de vuelta al sur donde habita el aliento cálido de mamá, los brazos de papá y la panza redonda que tu mamá le ha prestado a tu hermano. Peleas, gritas y así como llegaste te das la media vuelta y emprendes tu huida al norte frío.

Hacemos una barrera con las piernas, pero parece tan frágil y pequeña que no nos confiamos porque el brinco en cualquier momento lo darás. Estamos alerta, medio dormidos, pendientes de tus movimientos, dejamos que te envuelva el sueño profundo que nos permita nuevamente tomarte entre brazos y traerte de vuelta al sur.

Nuestros cuerpos protegen el valle donde duermes y no hay viento ni mosco alguno que se atreva a molestarte porque nuestras manos, como aviones caza, irán tras él y no cesarán hasta ver derrotado al enemigo fastidioso que con zumbido y todo, delata su presencia incómoda en el espacio reservado exclusivamente para ti.

Estoy triste. Del día que inicié este escrito a la fecha, ya no has venido a visitarnos, parece que te auto exilias y preparas lo que está por venir: llegará otro bello inquilino y se quedará para siempre entre nosotros. No te apures, la cama es grande y aún cabemos todos, si es necesario nos haremos de cobijas más grandes para construir (con piernas y brazos) la casita que nos proteja del frío y así, los cuatro seguiremos poblando el sur.


Hoy prefieres la cueva de tu cuna, vigilada por fieles y grandes guardianes, leo, pato, jirafa, elmo, lili, lola, todos están pendiente de ti y vigilan la entrada, ni monstruos imaginarios, ni esos roba-chicos que dicen existir,  se atreven a pasar por allí porque ellos te defenderán. En la cueva hay más libertad: norte, sur, este u oeste, están a tus pies; está bien, lo entenderé, pero no tardes en volver que acá te extraño.

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