Yo no sé por qué te gusta el norte, el
desolado norte donde solo habitan nuestros pies. Siempre que puedes te
inclinas, giras, gambeteas y apuntas al norte. Allá se encuentra el abismo, un
precipicio que forman la base y el colchón; caerás ochenta centímetros, pero
esos ochenta centímetros son para ti, lo que para mí son dos metros y medio.
Tienes precisión, te detienes antes de dar el
paso definitivo, justamente en el borde haces alto y si acaso, solamente tu
cabeza cuelga. Nos levantamos por instinto y corremos por ti, intentamos
detenerte y lo logramos, entre gritos, llantos, berrinches y manoteos, te traemos de vuelta al sur donde habita el
aliento cálido de mamá, los brazos de papá y la panza redonda que tu mamá le ha
prestado a tu hermano. Peleas, gritas y así como llegaste te das la media
vuelta y emprendes tu huida al norte frío.
Hacemos una barrera con las piernas, pero
parece tan frágil y pequeña que no nos confiamos porque el brinco en cualquier
momento lo darás. Estamos alerta, medio dormidos, pendientes de tus
movimientos, dejamos que te envuelva el sueño profundo que nos permita
nuevamente tomarte entre brazos y traerte de vuelta al sur.
Nuestros cuerpos protegen el valle donde
duermes y no hay viento ni mosco alguno que se atreva a molestarte porque
nuestras manos, como aviones caza, irán tras él y no cesarán hasta ver
derrotado al enemigo fastidioso que con zumbido y todo, delata su presencia
incómoda en el espacio reservado exclusivamente para ti.
Estoy triste. Del día que inicié este escrito
a la fecha, ya no has venido a visitarnos, parece que te auto exilias y preparas
lo que está por venir: llegará otro bello inquilino y se quedará para siempre entre
nosotros. No te apures, la cama es grande y aún cabemos todos, si es necesario
nos haremos de cobijas más grandes para construir (con piernas y brazos) la casita
que nos proteja del frío y así, los cuatro seguiremos poblando el sur.
Hoy prefieres la cueva de tu cuna, vigilada
por fieles y grandes guardianes, leo, pato, jirafa, elmo, lili, lola, todos están
pendiente de ti y vigilan la entrada, ni monstruos imaginarios, ni esos
roba-chicos que dicen existir, se
atreven a pasar por allí porque ellos te defenderán. En la cueva hay más
libertad: norte, sur, este u oeste, están a tus pies; está bien, lo entenderé,
pero no tardes en volver que acá te extraño.
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