Doña piltrafa es una señora que tiene estándares mejores que el mismo ISO, porque lo mismo saben las flautas, que las enmoladas, que las sincronizadas, no importa el guiso que sea o la comida que prepare, toda sabe igual. Tiene especialidad para calentar las tortillas con un “chorrito” de aceite, eso representa que el comedor apesta a fritanga. Lo mejor que prepara son las tortillas hechas a mano o la fruta picada o la leche Lala o el queso fresco. Cuando hace alambre de bistec, aquello es más bien un pedazo de carne dura sin sabor, pero con harto aceite. Los chilaquiles son totopos fritos, bañados en una salsa que es casi como el agua: sin sabor, sin olor. Y el agua fresca que prepara de frutas naturales, es algo así como melcocha con sabor a algo: Jamaica, mango o guayaba.
Hay veces que le pido un pedazo de queso y me lo niega, pero llegan sus consentidos y casualmente, si había queso. La respeto pues no se merece mi desprecio y es más, no sé si le interese mi desprecio. Hoy durante el desayuno la observaba y me imaginaba este dialogo con ella, veía su cara mustia; tiene sus catálogos de Avon y sus revistas de Tv Novelas, que a más de uno tiene contento, pero no a mí.
Carece de creatividad para cocinar y sobre todo carece de afecto, creo que tuvo una infancia difícil; en las mañanas que llego por un poco de leche para mi café, la saludo con un “buenos días” y es como si el viento soplara porque no hay respuesta. Luego salgo del comedor y digo “que tenga buen día” y responde con un pujido apenas audible. Mi maestra de yoga dice que no comamos de la comida que prepara porque tiene mala vibra y tiene algo de razón porque doña Guille siempre está renegando o peleando, pocas veces la verás alegre. No es una persona que disfruta ver a los demás disfrutando de su comida. Eso rara vez sucederá.
Esa es doña piltrafa, la señora del comedor que siempre me recuerda a mi amiga Angie con la frase “nunca muerdas la mano que te da de comer”, pero también “nunca le pegues a la boca que alimentas”.
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