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martes, 20 de diciembre de 2011

Por Luisa Valentina: Crónica de un nacimiento anunciado.

El viernes en la noche, en la boda de los amigos de mis papás –la que sería la última fiesta del año para mis papás y la última sin mí, mamá comenzó a sentir las piernas entumidas y pidió a mi papá bailar, él como todo caballero accedió y bailaron la última pieza musical sin hijos.

Ya estando en casa un dolor abdominal le llegó a mi mamá y a la una de la mañana le llamarón a ese que le dicen doctor para darle el chisme y comentarle lo que estaba pasando, pero tengo entendido que no contestó el teléfono. Mi papá se quedó dormido porque tenía gripa. Mi mamá siguió con esos dolores y no pudo dormir. A las cuatro de la mañana se le acercó a mi papá y escuché que le dijo “creo que ya es hora”. Mi papá llamó nuevamente al doctor y finalmente contestó. Se pusieron de acuerdo, tomaron el carro, algo de ropa para mí y se fueron al hospital.

Las enfermeras atendieron a mi mamá y la pasaron a un cuarto. Debo admitir que por unas horas pude percibir el dolor que mi mamá sentía, pero creo que es parte del proceso. El doctor llegó a las 7:30 de la mañana y revisó a mi mamá. Escuché que yo no había bajado. ¡Carajo! Nadie me explicó que debía bajar 10 centímetros más; semanas antes me preparé y alinee mi cabeza al planeta tierra, cuidando de no enredarme en el cordón, pero esos 10 centímetros fueron la diferencia para que le abrieran la panza a  mi mamá.

La vida comenzó cuando respiré y lloré. Vaya ¿así es como empieza la vida? Llorando, con frío, desnuda, mojada, llena de sangre, mucha luz. Con tres hombres viéndome (uno de ellos tomando fotografías), otras tantas mujeres y lo peor, separándome de mi mamá cuando durante 39 semanas fuimos una sola persona: Caminamos y viajamos juntas, algunas veces lloramos y muchas más reímos. Anduvimos en camiones, en carro y caminamos. Platicamos y escuchamos música. Bailamos, comimos y dormimos juntas, nos bañamos, fuimos al doctor. Simplemente fuimos una sola persona.

Pero así es como inicia la vida. Me llevaron a otro lugar más calientito y una mujer me puso en algo que llaman báscula: 3.340 kilos. Luego, con una cosa blanca como hilo me midió: 50 cm. Me limpiaron, me cubrieron con un montón de cosas –mil veces mejor la alberca que había en la panza de mi mamá. Después de un tiempo me acercaron a una ventana, la abrieron y más allá del vidrio, un hombre que traté de reconocer apareció.

Me vio, sonrió, dijo mi nombre y a pesar del vidrio que nos separaba identifiqué su voz y supe que era mi papá. Su cara se iluminó, pareciera que veía el sol en un atardecer de primavera, pero era una clara y fresca mañana de diciembre: Ocho horas con cuarenta minutos del diecisiete de diciembre de 2011 para ser exactos. Celebraba la vida, lejos de mis papás.

Tiempo después me llevaron a un cuarto y al entrar, supe que allí estaba. Mi corazón latió más fuerte, mi respiración se agitó y al sentir a la mujer que me dio la vida mi mundo volvió a cambiar; me regresó la seguridad de saber que allí estaba para protegerme y luchar por mí. Esperaba y reía por mí. Gracias papás por cuidar de mí, protegerme, alimentarme, platicar conmigo. Muchas gracias por el inicio de esta aventura llamada vida.

Luisa Valentina.

...y muchas gracias a todas las personas que han preguntado, que han rezado y que se han alegrado con nosotros.

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