Luego tu vientre se convirtió en mi mundo. No solamente por su perfecta circunferencia, sino por la vida que lleva dentro. Las mañanas de domingo, mientras duermes y el sol entra por la ventana de nuestra habitación, juego a que tu vientre es un horizonte y mientras el sol sale detrás de tu barriga, la piel se mueve como si fuera el mar. Es Valentina que desde el hígado echa clavado.
La playa está desierta, solamente somos tú y yo. Y tú quieres dormir, yo quiero caminar. Te acompaño un rato más. Pongo mi mano para sentir las olas y siento como si chocaran con rocas estacionadas a un lado de la playa. Luego, cerquita de ti se oye el agua cuando viene y cuando va, es tu respiración y junto con ella, la brisa tibia acaricia mi oído.
El sol sigue saliendo y se hace tarde. Hace hambre, pero el silencio nos invade, tanto que preferible es seguir tirados en la arena. El sol ilumina el horizonte de tu vientre y brilla, justamente en el centro un remolino aparece, es tu ombligo. No, es más bien una ballena que en lugar de resollar agua y aire, intenta expulsar una canica que se tragó.
Las venas dibujan la marea y conectan el oriente con el poniente y del norte, un viento fresco enchina tu piel. El agua se encrespó, un poco nada más, porque el sol sigue calentando y en el fondo de tu mar un volcán parece habitar.
Un tsunami, la marea o la fuerza de la luna, hacen que el horizonte cambie. El mar gira 180 grados y más allá de ese mar, descubro el paisaje desolado de tu espalda. Me gusta más la playa, pero está bien, aquí me quedaré y esperaré por ustedes dos.
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