A lo largo de los años he visto cómo ha evolucionado (o involucionado) mi vida. He visto como los amigos cercanos o lejanos han transformado sus vidas y junto con la de ellos la mía tiambién; los intereses son otros al igual que los temas de conversación y considero que en gran medida, estos cambios están en función de tres variables: 1. La edad; 2. El estado civil y 3. Los hijos.
Con base en lo anterior, se puede generan una serie de combinaciones posibles e imaginables: soltero, con hijos mayor de 30 años. Casado, sin hijos, de 27 años. Divorciado, sin hijos, de 33 años. Etcétera. Así es como los intereses de una persona de 18 años, soltera y sin hijos, se centran en donde estudiará la universidad; mientras que la persona de 23 años, con hijos, piensa en los pañales de mañana; o una persona de 35 años, casada y con embarazo, piensa en la salud de su pareja y del bebé que viene en camino -tal es mi caso.
En cada una de las fases o etapas de la vida, suceden entonces diferentes situaciones que se desean compartir y para hacerlo se recurre a varios mecanismos. Las pláticas de café con las amigas o las tardes de trago con los amigos son algunos de los métodos empleados para la comunicación de los logros o avances en la vida y ahora las redes sociales son uno de los ejes principales para comunicar el estado personal, basta echar un vistazo a los perfiles en Facebook para saber de quién se trata y si junto al perfil, agregamos los mensajes puestos en el muro, tenemos una mezcla muy rica que nos permite conocer la situación de cada uno de nuestros contactos o amigos aceptados y claro, la nuestra (detrás de cada nick de messenger, hay una proyección psicológica de su autor, se proyectan deseos, gustos, preferencias, desviaciones y aficiones).
En esa actividad de comunicar a los amigos y contactos cómo se va avanzando, nos encontramos ante una pérdida de identidad, es decir, la cuenta de Facebook ya no es nuestra, particularmente los hijos se han apoderado de ella. Crecimiento, primeras veces que algo hacen. La foto con los abuelitos, en la alberca, con los primos. Cuando tomó leche en vaso, cuando cantó, cuando atrapó lagartijas o cuando corrió con papá. Cuando se tropezó o cuando dijo hola... y un sin fin de "cuandos" que no terminaría de listar.
Por eso es que he tomado la firme decisión de no perder mi identidad y le he pedido a mi hijo (que aún no nace), que tenga su propia cuenta en Facebook para que desde allí le reporte al mundo cómo crece, se desarrolla y se forma. Desde allí puede reflexionar acerca de cómo ve el mundo de los adultos y lo difíciles que a veces somos. Puede platicar cómo le va en el vientre de su mamá, lo que quiere, lo que le gusta y lo que aprende ¿cómo le hace? No me lo pregunten, es simple magia, es la magia de los niños que entienden a los perros y platican con los ángeles y así, con esa magia lo quiero dejar; sin olvidar que un niño merece mi respeto por dos razones: por la ternura que inspira y por lo que será de grande -L. Pasteur.

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